Mensaje de Navidad desde Guantánamo nos invita a ser misericordiosos con el pensamiento y las obras

24 diciembre, 2015 a las 11:18 am | Publicado en Puntos de Vista | Deja un comentario
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feliz-navidadEl mensaje de Monseñor Wilfredo Pino Estévez, Obispo de la Iglesia católica de Guantánamo-Baracoa, con motivo de la navidad 2015 y año nuevo 2016 invita a los guantanameros  a ser misericordiosos con el pensamiento y luego con las obras y a no juzgar, también nos dice, “no  condenemos, porque los hombres juzgamos las apariencias pero Dios es quien ve lo que hay en el corazón de cada persona”.

La bendición bendición del obispo por la Navidad está dirigida especialmente a los enfermos, los presos, minusválidos, los que viven solos, los que están lejos de su tierra cubana,  los migrantes actuales en Costa Rica y Panamá, los que sufren, los que se sienten tristes, los que lamentan la muerte reciente de un ser querido, y los que han perdido la virtud de la esperanza. Texto Integro del mensaje:

Queridos hijos e hijas: ¡Doy gracias a Dios y a esta Emisora Provincial por permitirme dirigirles a ustedes unas palabras de aliento y cariño y poder felicitarlos por la Navidad y el Año Nuevo! Hoy es Nochebuena y mañana será Navidad.

La Navidad es la fiesta que recuerda el nacimiento de Jesucristo, hace más de dos mil años. Jesucristo vino tan igual a nosotros, tan idéntico, que parecía uno más de la familia. Niño como todos los niños. Pobre y necesitado como muchos en este mundo. Nació bajo la serena mirada de la Virgen María y su esposo José, en un pequeño e insignificante pueblo que todavía hoy se llama Belén (Lc. 2,6). No escogió Roma, Grecia, Mesopotamia ni Egipto, que eran grandes pueblos de aquellos tiempos… No había televisión, ni periodistas que cubrieran los acontecimientos. Los primeros en enterarse de su nacimiento, los primeros en estar con él, fueron los humildes, la gente sencilla, la gente de mala fama como aquellos pastores que cuidaban ovejas en medio de la noche (Lc. 2,8) y oyeron aquel mensaje de gozo: “Les anuncio una gran alegría: hoy les ha nacido el Salvador que es Cristo, el Señor” (Lc. 2,11). Por eso a esta noche el mundo entero le llama la NOCHEBUENA porque en ella nació Jesucristo, la luz que llegaba para iluminar nuestra oscuridad.

Después de los pastores tendrían su oportunidad los “sabios de este mundo” representados en aquellos que la tradición popular llama Melchor, Gaspar y Baltasar, o los Tres Reyes Magos, que vinieron de lejos o como decían ellos “del Oriente” (Mt. 2,1), con los regalos del oro, el incienso, la mirra… y sus rodilla. Ellos, arrodillados, reconocieron que nadie hay más grande que Dios.

Pero lo cierto es que la gran mayoría de la humanidad no se enteró de la buena noticia del Dios hecho hombre. Ya siglos antes, los primeros hombres buscaron a Dios a tientas y consideraron dioses o manifestaciones divinas a los fenómenos de la naturaleza que ellos no sabían explicar como el sol, la luna, los rayos, la lluvia, los terremotos, los eclipses, etc. Hubo ¡y hay todavía! Regiones de la tierra donde se les rindió o rinde culto, como si fueran dioses a vacas, serpientes, toros. Carneros, cocodrilos, halcones, leones y hasta gatos.

También hoy día hay personas que conocen al Dios de Jesucristo y buscan sinceramente a dios. Ciertamente, el ateísmo tampoco resulta simpático entre nosotros, los cubanos, capaces incluso de afirmar que “hay que creer en algo”· A ese algo muchos le llaman el Poder Superior, el Gran Arquitecto, el Justo Juez, el Ser Supremo, el Creador, el Altísimo, el Gran Poder, etc. Fue con el nacimiento de Jesucristo, porque él nos lo enseñó, que los hombres empezamos a llamar a Dios: Padre nuestro, que los hombres comenzamos a conocer qué cerca estaba Dios de nosotros. Por eso alguien una vez confesó: “Durante 30 años anduve buscando a Dios. Cuando por fin abrí los ojos y lo encontré, me di cuenta que era él el que me buscaba”. Ese podría ser tu caso.

Cada Navidad es Fiesta para Dios y para los hombres. Con san Agustín debemos repetir: “nos has creado para ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”. Meditemos lo que nos dice San Juan en su Evangelio: “Tanto amó Dios al mundo que nos dio a su Hijo único, Jesucristo, para que no se pierda ninguno de nosotros”. (Jn. 3,16). ¡Reconozcamos humildemente que muchas veces dimos la espalda al Dios verdadero, al Dios de Jesucristo, y convertirnos en dioses a hombres de carne y hueso como nosotros, o endiosamos ya no a la luna ni a los eclipses sino al dinero, el poder, la fama, el sexo, la opinión de los demás, la comida, la bebida, los bienes materiales, etc.

Para recordar el nacimiento de Jesucristo se construyó en Belén la Iglesia de la Natividad, cuya puerta principal, curiosamente, solo tiene poco más de un metro de altura, por lo que todos los que quieran entrar tendrán que agacharse. Todos…menos los niños, que pueden pasar por la puerta sin problemas. Y aquí ya tenemos una lección que aprender: para acercarnos a dios es necesario “hacernos niños”, bajar la cabeza, reconocer nuestra pequeñez, rebajarnos, ser humildes, o como dice un refrán africano “bajarnos del elefante” en que nos hemos subido y aceptar que los hombres podemos tres o cuatro cosas pero que solo Dios lo puede todo… que todo somos una y mil veces pecadores mientras que Dios es el único tres veces santo…que Dios, y no ningún hombre, es el que es eterno, quien todo lo sabe, el que todo lo ve, el que es perfecto … solo los niños, y los que son como los niños, pueden acercarse serenamente de Belén y entender a Dios.

La Navidad que, es y debe seguir siendo la fiesta de la familia. ¡Que dios bendiga toda iniciativa que ustedes tengan para reunir a sus familiares bajo un mismo techo, o alrededor de una misma mesa o juntos en una iglesia! ¡Que todos sepamos valorar nuestros apellidos, que nos recuerdan a que familia pertenecemos y a qué familia debemos proteger! ¡Que de manera especial tengamos un gesto para con las personas conocidas que, aunque no tengan nuestros apellidos, viven solas y no tienen a nadie con quien compartir! ¡Que no nos olvidemos en estos días de los viejitos de los Asilos, de los presos y de los enfermos en familia! Que recemos juntos en el hogar porque “la familia que reza unida, permanece unida”!.

El Papa Francisco nos ha invitado, a partir del pasado día 8 de Diciembre y hasta Diciembre del 2016, a vivir un Año de Misericordia. Bien está convencido el Santo Padre de la necesidad que tienen nuestros hogares, nuestra Patria y nuestro mundo, del perdón, del cariño, de la ternura, de la paz y de la misericordia. ¡Hay a nuestro alrededor tanta gente herida, maltratada, con el alma rota, sin deseos de vivir! Y a ello habría que sumarle el peso de los pecados que hemos cometido y que no se nos quitan de nuestras mentes… Si bien es verdad que hay personas que no piden perdón a Dios ni perdonan a sus semejantes, también es verdad que tampoco se han perdonado a sí mismos. ¡Somos tan orgullosos que nos cuesta trabajo reconocer que nos hemos equivocado! Y se nos olvida la gran enseñanza de la biblia: que nuestro Dios es el Dios todopoderoso que “demuestra su fuerza perdonando y teniendo misericordia”, que nuestro Dios es “compasivo y misericordioso” (Stgo. 5,11) que “no nos trata como merecen nuestros pecados”, que “siempre está dispuesto al perdón” y que es “rico en misericordia” (Ef. 2,4).

No tengamos pena en reconocernos pecadores. Todos somos pecadores. Incluso el Papa Francisco, hablándoles a los presos en Bolivia, se les presentó diciéndoles: “Yo soy el Papa, un hombre perdonado”.

En este año, y de manera especial, la iglesia nos pide escuchar las palabras de Jesucristo: “Sean misericordiosos como el Padre del cielo es misericordioso” (Lc. 6,36). Empecemos, pues, a ser misericordiosos con el pensamiento y luego con las obras. No juzguemos, no condenemos, porque los hombres juzgamos las apariencias pero Dios es quien ve lo que hay en el corazón de cada persona.

Cada viernes cuando les hablo a los que van al Santuario del Cobre, aprovecho para alertarlos sobre algo que tengo la impresión va en aumento. Me refiero a la envidia, pecado, que según el diccionario, es “la tristeza que produce el bien ajeno”. Me duele que haya cubanos a los que les molesta que el vecino de enfrente o de al lado esté arreglando su casa, o que otros sean los que viajen, o que a otros los aplaudan más… Me duele ver entonces cómo se levantan calumnias o falsas acusaciones, o cómo se mandan anónimos acusatorios.

Que este año aprendamos a alegrarnos del bien ajeno y así neutralizaremos la envidia. Que en este año practiquemos las obras de misericordia: visitar a los enfermos, dar de comer al hambriento, consolar al que está triste, perdonar las ofensas, comprender a los demás, auxiliar a los presos, acoger a los peregrinos, aconsejar a quien lo necesita, etc. Que al final de este año podamos darnos cuenta de que hemos mejorado como personas.

Desde ahora, les deseo que la frase tan conocida de “Año nuevo, vida nueva” se haga realidad en cada uno de nosotros. A pesar de las preocupaciones por el futuro todos queremos empezar bien el año y saber ordenar la casa y las cosas de nuestra vida, y cada uno, Cuba entera, no repita errores para poder crecer en madurez. Ojalá que en estos días, al desearnos, como se suele decir, “que haya salud que lo demás no importa”, pensemos no solo en la salud del cuerpo, sino en la otra salud, la del alma. Porque, ¿Qué habremos logrado si al final de una vida “saludable” el señor nos dijera: “Apártate de mí porque no te conozco” (Mt. 25,12). Ojalá que no olvidemos lo que el mismo nos advirtió: ¿”De qué vale a un hombre ganar el mundo entro si al final de su vida pierde su alma”?

Quiero además que esta bendición por la Navidad que ahora les imparto descienda especialmente sobre los enfermos, los presos, minusválidos, los que viven solos, los que están lejos de su tierra cubana, especialmente los migrantes actuales en Costa Rica y Panamá, los que sufren, los que se sienten tristes, los que lamentan la muerte reciente de un ser querido, y los que han perdido la virtud de la esperanza. ¡Feliz Navidad y Prospero año nuevo!, les desea su Obispo, que ahora los bendice: ¡Que la bendición de Dios Todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre todos ustedes y los acompañe hoy, mañana y siempre. Amén!

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