Fidel en Guantánamo.

4 febrero, 2011 a las 8:31 am | Publicado en Historias | Deja un comentario
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Fidel Castro Ruz

Fidel Castro Ruz

Por: José Llamos Camejo

Guantánamo. 3 de febrero. Cuando vino por primera vez a esta tierra, no le quedaban riesgos ni escollos por someter, mucho antes había desafiado al peligro tras las rejas, en revueltas estudiantiles, frente a los muros de un cuartel, en el exilio, al surcar el mar irritado, y en las montañas de Oriente.

Cuando llegó a la aldea de Regino Eladio, ya había trascendido las fronteras de Cuba, era dueño de una simpatía en expansión, no eran secretas su hondura humana, ni su estatura política, ni sus hazañas; cuando vino a Guantánamo, en 1959, ya era leyenda esparcida.

Enero trajo y dejó la esperanza, encumbró la memoria; febrero vive su tercera jornada, el sudor y la tarde se deslizan entre la ciudad y su gente.

Desde lo alto de la iglesia Santa Catalina de Ricci, en el centro de la urbe guantanamera, las agujas del reloj, más inquietas que de costumbre, marcan las 3 y 25 minutos; desde la cima del firmamento, los rayos de sol devienen agujas punzantes, traspasan la piel hasta clavarse en los tuétanos, pero la calle Pedro Agustín Pérez entre Crombet y Aguilera, a un costado del parque “José Martí”, es una inmensa agitación humana, un enjambre de voces indefinibles, de miradas curiosas, de corazones estremecidos.

De pronto un auto descapotado, irrumpe en el sitio, trae a Fidel, entre la multitud enardecida que aclama, está Cuchita Borges.

“No he vivido impresión más intensa, a Fidel le brotaban gotas de sudor que parecía perlas adornando aquella frente y aquel rostro rosado, en impresionante contraste con la barba negra y el verde olivo del traje de Comandante”, afirma con lucidez admirable 52 años después, la octogenaria guantanamera.

“Acudí al encuentro llevando de la mano a mi pequeña Zelma, de 9 años de edad, a quien le habíamos encomendado entregarle un ramo de flores a Celia Sánchez”.

En los hombros de un combatiente se abrió paso la niña en busca de Celia, pero… “escuché una voz que decía: no, ella no pudo venir…”. Era Fidel.

Entonces sobrevino la sorpresa mayor, comenta Zelma: “me besó en la frente y me puso a su lado a hacer el recorrido con él.. El tramo fue corto pero lento y sobre todo emocionante… había público en las calles, en las aceras, en los balcones de las casas y hasta en lo alto de un poste de teléfono… Fidel me pidió que me aguantara de su canana, imagínate, yo ni siquiera sabía que cosa era una canana, me decía saluda, saluda al pueblo… pero yo no apartaba los ojos de su figura, no conseguía mirar a otro lado, me parecía algo angelical, místico, sobrenatural, fuera de lo común.

Llegamos al Instituto de Economía, Fidel descendió del auto y escaló a una tribuna, tenía delante un mar agitado, un pueblo… no pude despedirme de él, sin embargo jamás su figura, ni su bondad, ni sus enseñanzas se han apartado de mí”.

Cuchita Borges y su hija, Zelma Carvajal, guardan con celo especial, testimonio gráfico y vivencias inolvidables de aquella tarde en que, sin proponérselo, se convirtieron en testigos de un acontecimiento que hizo vibrar a Guantánamo: la primera visita de Fidel a la más oriental de las provincias cubanas.

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